MENSAJE JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 1997

MENSAJE
DEL SANTO PADRE
CON MOTIVO DE
LA V JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
 

11 febrero 1997

1. La próxima Jornada Mundial del Enfermo se celebrará el 11 de febrero de 1997 en el Santuario de Nuestra Señora de Fátima en la noble Nación portuguesa. El lugar elegido tiene mucho significado para mí. En efecto, me fue grato visitarlo en el aniversario del atentado a mi persona en la Plaza San Pedro, para agradecer a la divina Providencia, ya que por su inescudriñable designio este dramático hecho coincidió misteriosamente con el aniversario de la primera aparición de la Madre de Jesús, el 13 de mayo de 1917, en la Gruta de Iría.

Por tanto, me complace que se desarrolle en Fátima la celebración oficial de una Jornada como la del Enfermo que tanto amo. Ella será para cada uno ocasión propicia para colocarse a la escucha del mensaje de la Virgen, que tiene como centro fundamental «la llamada a la conversión y a la penitencia, como pide el Evangelio. Esta llamada ha sido pronunciada a comienzos del siglo XX y, por lo mismo, ha sido dirigida especialmente a este siglo. Al parecer, la Señora del mensaje ha leído con especial perspicacia los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo» (Alocución en Fátima, 13 de mayo de 1982, en Enseñanzas V/2 [1982], p. 1580).

Si escuchamos a la Virgen Santísima, para nosotros será posible descubrir de modo vivo y conmovedor su misión en el misterio de Cristo y de la Iglesia: misión que ya encontramos en el Evangelio cuando María anima a Jesús para iniciar los milagros, diciendo a los siervos durante la fiesta nupcial en Caná de Galilea: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). En Fátima, ella es eco de una palabra específica pronunciada por el Hijo al inicio de su misión pública: «El tiempo se ha cumplido…; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). La invitación insistente de María santísima para que hagamos penitencia no es sino la manifestación de su preocupación materna por el porvenir de la familia humana, necesitada de conversión y de perdón.

2. En Fátima, María es portadora también de otras palabras del Hijo. En la Gruta de Iría resuena, de modo especial, la invitación de Cristo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Las muchedumbres de peregrinos que, de todas partes del mundo, llegan a esa tierra bendita ¿no son acaso un elocuente testimonio de la necesidad de consuelo y alivio que innumerables personas experimentan en la propia vida?

Ante todo, son los que sufren quienes se sienten atraídos ante la perspectiva del «alivio» que el Médico divino es capaz de dar a quien va a El con confianza. Y en Fátima este alivio está presente: a veces como alivio físico, cuando en su providencia Dios concede la curación de la enfermedad; y más a menudo, el alivio espiritual, cuando el alma, invadida por la luz interior de la gracia, encuentra la fuerza de aceptar el peso doloroso de la enfermedad transformándolo, mediante la comunión con Cristo, siervo sufriente, en instrumento de redención y de salvación para sí y para los hermanos.

La voz materna de María nos indica el sendero que debemos seguir en este difícil camino, pues en la historia y en la vida de la Iglesia, y particularmente en nuestro tiempo, ella continúa repitiendo las palabras: «Haced lo que él os diga».

3. La Jornada Mundial del Enfermo es una ocasión preciosa para volver a escuchar y para acoger la exhortación de la Madre de Jesús a quien, al pie de la Cruz, le fue confiada la humanidad (cfr. Jn 19, 25-27). La Jornada se coloca en el primer año del «triduo» preparatorio del Grande Jubileo del año 2,000: un año completamente dedicado a la reflexión sobre Cristo. Esta reflexión sobre la centralidad de Cristo «no puede ser separada del reconocimiento del papel desempeñado por su Santísima Madre… María, dedicada constantemente a su Divino Hijo, se propone a todos los cristianos como modelo de fe vivida» (Carta Ap. Tertio millennio adveniente, n. 43).

La ejemplaridad de María encuentra su expresión más elevada en la invitación para contemplar el Crucifijo y aprender de El que, al asumir totalmente la condición humana, ha querido ofrecerse voluntariamente para cargar nuestros sufrimientos y ofrecerse al Padre come víctima inocente para nosotros hombres y para nuestra salvación, «con poderoso clamor y lágrimas» (Hb 5, 7). De este modo El ha redimido el sufrimiento, transformándolo en don de amor salvífico.

4. ¡Queridos hermanos y hermanas, que sufrís en el espíritu y en el cuerpo! No cedáis ante la tentación de considerar el dolor como experiencia únicamente negativa, hasta el punto de dudar de la bondad de Dios. Cada enfermo encuentra en el Cristo sufriente el significado de sus padecimientos. El sufrimiento y la enfermedad pertenecen a la condición del hombre, criatura frágil y limitada, marcada desde el inicio por el pecado original. Sin embargo, en Cristo muerto y resucitado la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento: en vez de ser una derrota, el sufrimiento se manifiesta como ocasión propicia para ofrecer un testimonio de fe y de amor.

Amados enfermos, sabed encontrar en el amor «el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todos vuestros interrogantes» (Carta Ap. Salvifici doloris, n. 31). Vuestra misión es de altísimo valor tanto para la Iglesia como para la sociedad. «Vosotros que lleváis el peso del sufrimiento estáis en los primeros puestos que corresponden a los que ama el Señor. Del mismo modo como hizo a todos los que El encontró en los caminos de la Palestina, Jesús os ha dirigido una mirada llena de ternura; su amor nunca disminuirá» (Discurso a los enfermos y a los que sufren, Tours, 21 de setiembre de 1996, 2, en L’Osservatore Romano 23/24 de setiembre de 1996, p.4). Sed testigos generosos de este amor privilegiado a través del don de vuestro sufrimiento, de grande alcance para la salvación del género humano.

En una sociedad como la actual, que busca construir su futuro en el bienestar y en el consumismo y todo lo evalúa de acuerdo a la eficiencia y al provecho, al no poder negarlos, la enfermedad y el sufrimiento son marginados o vaciados de significado con la ilusión de superarlos a través de los únicos medios ofrecidos por el progreso de la ciencia y de la técnica.

Indudablemente, la enfermedad y el sufrimiento son un límite y una prueba para la mente humana. Mas, a la luz de la Cruz de Cristo, son un momento privilegiado de crecimiento en la fe y un instrumento precioso para contribuir, en unión con Jesús Redentor, a la realización del proyecto divino de la salvación.

5. En la página evangélica referente al juicio final, cuando «el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles» (Mt 25, 31), encontramos los criterios según los cuales se pronunciará la sentencia. Como bien sabemos, estos criterios están resumidos en la solemne afirmación conclusiva: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). En estos «hermanos más pequeños» están incluidos los enfermos (cf. Mt 25, 36), a menudo solos y marginados por la sociedad. La sensibilización de la opinión pública para con ellos es una de las finalidades principales de la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo: estar cerca a quien sufre, para que haga fructificar su sufrimiento incluso a través de la ayuda de quienes están a su lado para curarlo y asistirlo; este es el compromiso al que nos llama la Jornada.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, es preciso acercarnos al hombre que sufre como «buenos samaritanos». Es necesario aprender a «servir en los hombres al Hijo del hombre», como decía el Beato Luigi Orione (cf Scritti 57, 104). Es necesario saber ver con ojos solidarios los sufrimientos de los propios hermanos, no «pasar de lado», sino hacerse «prójimo», deteniéndonos junto a ellos, con gestos de servicio y de amor que buscan la salud integral de la persona humana. Una sociedad se cualifica gracias a los cuidados que presta a quienes sufren y por la actitud que adopta hacia ellos.

En el mundo donde vivimos, demasiados seres humanos están al margen del amor de la comunidad familiar y social. Apareciéndose en Fátima a tres pobres pastorcitos para transformarlos en anunciadores del mensaje evangélico, la Virgen Santísima ha querido renovar su liberador Magnificat, como voz de «los que no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social ni son víctimas de la ‘alienación’ – como se dice hoy – sino proclaman con Ella que Dios exalta a los humildes y, si es el caso, derriba a los potentes de su trono» (Homilía en el Santuario de Zapopan, 30 de enero de 1979, 4, en Enseñanzas II/1 [1979], p. 295).

6. Por tanto, también en esta circunstancia renuevo una firme llamada a los responsables de los poderes públicos, a las organizaciones sanitarias internacionales y nacionales, a los agentes sanitarios, a las asociaciones de voluntariado y a todos los hombres de buena voluntad, para que se unan al compromiso de la Iglesia que, adhiriendo a la enseñanza de Cristo, desea anunciar el Evangelio mediante el testimonio del servicio ofrecido a quienes sufren.

La Virgen Santísima, que en Fátima ha secado tantas lágrimas, nos ayude para transformar esta Jornada Mundial del Enfermo en un momento cualificante de «nueva evangelización».

Con estos deseos, mientras invoco sobre las iniciativas promovidas en ocasión de esta Jornada la protección materna de María, Madre del Señor y Madre nuestra, gustoso imparto a vosotros, amadísimos enfermos, a vuestros familiares, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos los que están a vuestro lado con espíritu de solidaridad en vuestros sufrimientos, mi afectuosa Bendición.

Vaticano, 18 de octubre de 1996.