MENSAJE JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2003

MENSAJE DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Washington D.C., U.S.A., 11 de febrero de 2003

1. «Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo… Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (1 Jn 4,14.16).

Estas palabras del apóstol Juan sintetizan muy bien las finalidades de la Pastoral de la Salud, por medio de la cual la Iglesia, reconociendo la presencia del Señor en los hermanos aquejados por el dolor, se esfuerza en llevarles el gozoso anuncio del Evangelio y ofrecerles signos creíbles de amor.

En este contexto se enmarca la XI Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar el 11 de febrero de 2003 en Washington D.C., Estados Unidos, en la basílica dedicada a la Inmaculada Concepción, santuario nacional. El lugar y el día escogidos invitan los creyentes a dirigir la mirada hacia la Madre de Dios. Encomendándose a ella, la Iglesia se siente impulsada hacia un renovado testimonio de caridad, para hacerse icono viviente de Cristo, Buen Samaritano, en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy.

Hay preguntas urgentes sobre el dolor y la muerte que, sentidas dramáticamente en el corazón de todo hombre, no obstante los continuos intentos por eludirlas o ignorarlas por parte de una mentalidad secularizada, esperan respuestas válidas. Especialmente ante trágicas experiencias humanas, el cristiano está llamado a testimoniar la consoladora verdad de Cristo resucitado, que asume las heridas y los males de la humanidad, incluida la muerte, y los convierte en momentos de gracia y de vida. Este anuncio y este testimonio deben ser comunicados a todos, en cualquier lugar del mundo.

2. Es de desear que el Evangelio de la vida y del amor, gracias a la celebración de la próxima Jornada Mundial del Enfermo, resuene con vigor, especialmente en América, donde viven más de la mitad de los católicos. En el Continente americano, como en otras partes del mundo, «parece perfirlarse un modelo de sociedad en la que dominan los poderosos, marginando e incluso eliminando a los débiles. Pienso ahora en los niños no nacidos, víctimas indefensas del aborto; en los ancianos y los enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y en tantos otros seres humanos marginados por el consumismo y el materialismo. No puedo ignorar el recurso no necesario a la pena de muerte… Semejante modelo de sociedad se caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, está en contraste con el mensaje evangélico» (Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America, 63). Frente a esta preocupante realidad, ¿cómo no poner entre las prioridades pastorales la defensa de la cultura de la vida? Para los católicos que trabajan en el campo médico-sanitario, es una tarea urgente hacer todo lo posible por defender la vida, principalmente cuando está en peligro, actuando rectamente con una conciencia formada según la doctrina de la Iglesia.

A este noble fin colaboran ya de manera alentadora los numerosos Centros de Salud, por medio de los cuales la Iglesia católica ofrece un auténtico testimonio de fe, de caridad y de esperanza. Éstos han podido contar hasta ahora con la colaboración de un número significativo de religiosos y religiosas como garantía de un servicio profesional y pastoral cualificado. Es de desear que surjan nuevas vocaciones, que permitan a los Institutos religiosos continuar en esta benemérita actividad e incluso acrecentarla con la aportación de tantos voluntarios laicos, por el bien de la humanidad doliente en el Continente americano.

3. Este campo privilegiado de apostolado concierne a todas las Iglesias particulares. Es necesario, pues, que cada Conferencia Episcopal, por medio de organismos apropiados, se esfuerce en promover, orientar y coordinar la Pastoral de la Salud, para fomentar en todo el Pueblo de Dios la atención y disponibilidad respecto al complejo mundo del dolor.

Para que este testimonio de amor sea cada vez más creíble, los agentes de la Pastoral de la Salud deben actuar en plena comunión entre sí y con sus Pastores. Esto es particularmente urgente en los hospitales católicos, llamados a reflejar cada vez mejor en su organización, que ha de responder a las necesidades modernas, los valores evangélicos, como recuerdan insistentemente las directrices sociales y morales del Magisterio. Eso exige un movimiento unitario entre los hospitales católicos, que abarque todos los sectores, incluido el económico-organizativo.

Los hospitales católicos deben ser centros de vida y de esperanza, dónde se promuevan, junto con el servicio de los capellanes, los comités éticos, la formación del personal sanitario laico, la humanización de los cuidados a los enfermos, la atención a sus familias y una particular sensibilidad hacia los pobres y los marginados. El trabajo profesional ha de concretizarse en un auténtico testimonio de caridad, teniendo presente que la vida es un don de Dios, del cual el hombre es solamente administrador y garante.

4. Esta verdad debe ser defendida constantemente ante el progreso de las ciencias y de las técnicas médicas, que buscan la curación y una mejor calidad de vida para la existencia humana. En efecto, es un principio fundamental que la vida debe ser protegida y defendida desde su concepción hasta su ocaso natural.

Como he recordado en la Carta apostólica Novo millennio ineunte: «El servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser humano» (n. 51).

La Iglesia, abierta al auténtico progreso científico y tecnológico, aprecia el esfuerzo y el sacrificio de quién, con entrega y profesionalidad, contribuye a elevar la calidad del servicio ofrecido a los enfermos, respetando su dignidad inviolable. Cada intervención terapéutica, cada experimentación, cada trasplante, debe tener en cuenta esta verdad fundamental. Por tanto, nunca es lícito matar un ser humano para curar a otro. Y si en la etapa final de la vida son aconsejables tratamientos paliativos, evitando el ensañamiento terapéutico, nunca será lícita acción alguna u omisión que, por su naturaleza y en las intenciones del personal sanitario, vaya dirigida a procurar la muerte.

5. Es mi mayor deseo que la XI Jornada Mundial del Enfermo suscite en las Diócesis y en las comunidades parroquiales una renovada dedicación a la Pastoral de la Salud. Debe prestarse una adecuada atención a los enfermos que están en su propia casa, ya que la hospitalización se va reduciendo cada vez más y a menudo los enfermos se encuentran en manos de sus familiares. En los Países dónde faltan centros adecuados de atención, incluso los enfermos terminales son dejados en sus viviendas. Los párrocos y todos los agentes pastorales han de procurar que nunca les falte la consoladora presencia del Señor a través de la Palabra de Dios y los Sacramentos.

La Pastoral de la Salud debe reflejarse de manera adecuada en el programa de formación de los sacerdotes, de los religiosos y religiosas, porque en la atención a los enfermos, más que en otras cosas, se hace creíble el amor y se ofrece un testimonio de esperanza en la resurrección.

6. Queridos capellanes, religiosos y religiosas, médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, personal técnico y administrativo, asistentes sociales y voluntarios, la Jornada Mundial del Enfermo os ofrece una ocasión propicia que os mueva cada vez más a ser generosos discípulos de Cristo, Buen Samaritano. Conscientes de vuestra identidad, descubrid en los enfermos el Rostro del Señor doliente y glorioso. Mostraos disponibles a darles asistencia y esperanza, sobre todo a las personas afectadas por nuevas enfermedades, como el SIDA, o las todavía presentes como la tuberculosis, la malaria y la lepra.

A vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el espíritu, os deseo de corazón que sepáis reconocer y acoger al Señor que os llama a ser testigos del Evangelio del sufrimiento, contemplando con confianza y amor el Rostro de Cristo crucificado (cf. Novo millennio ineunte, 16), y uniendo vuestros sufrimientos a los suyos.

Os encomiendo a todos a la Virgen Inmaculada, Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América y Salud de los Enfermos. Que ella escuche la invocación que proviene del mundo del sufrimiento y enjugue las lágrimas de quien se encuentra en el dolor; que esté al lado de cuantos viven en soledad su enfermedad y, con su intercesión materna, ayude a los creyentes que trabajan en el campo de la salud a ser testigos creíbles del amor de Cristo.

¡A todos os doy con afecto mi Bendición!

Vaticano, 2 de febrero de 2003